8 de noviembre de 2009

BAILAR BAJO LA LLUVIA


Cómo bailar bajo la lluvia

Era una mañana agitada, eran las 8:30, cuando un señor mayor de unos 80 años, llegó al hospital para que le sacaran los puntos de su pulgar. El señor dijo que estaba apurado y que tenía una cita a las 9:00 am.
Comprobé sus señales vitales y le pedí que tomara asiento, sabiendo que quizás pasaría más de una hora antes de que alguien pudiera atenderlo. Lo ví mirando su reloj y decidí, que ya que no estaba ocupado con otro paciente, podría examinar su herida. Durante el examen, comprobé que estaba curado, entonces le pedí a uno de los doctores, algunos elementos para quitarle las suturas y curar su herida.
Mientras le realizaba las curaciones, le pregunté si tenía una cita con otro médico esa mañana, ya que lo veía tan apurado.
El señor me dijo que no, que necesitaba ir al geríatrico para desayunar con su esposa. Le pregunté sobre la salud de ella.
El me respondió que ella hacía tiempo que estaba allí ya que pacedía de Alzheimer.
Le pregunté si ella se enfadaría si llegaba un poco tarde.
Me respondió que hacia tiempo que ella no sabía quien era él, que hacía cinco años que ella no podía ya reconocerlo.
Me sorprendió, y entonces le pregunté, 'Y usted sigue llendo cada mañana, aun cuando ella no sabe quien es usted?'
El sonrió y me acarició la mano.
'Ella no sabe quien soy, pero yo aún se quien es ella.'

Se me erizó la piel, y tuve que contener las lágrimas mientras él se iba, y pensé,
'Ese es el tipo de Amor que quiero en mi Vida.'
El Amor Verdadero no es físico, ni romántico.
El Amor Verdadero es la aceptación de todo lo que es, ha sido, será y no será.

Con todas las bromas y cosas divertidas que hay en los e-mails, a veces viene uno que tiene un importante mensaje. Este es uno que creo puedo compartir contigo.
La gente más feliz no necesariamente tiene lo mejor de todo; ellos sólo hacen todo, lo mejor
que pueden.
Yo espero que compartas este mensaje con alguien a quien quieras.
Yo lo acabo de hacer.
'La vida no se trata de cómo sobrevivir a una tempestad, sino cómo bailar bajo la lluvia.

6 de noviembre de 2009

EL HOMBRE DE MI VIDA ME HA DEJADO


EL HOMBRE DE MI VIDA ME HA DEJADO


Después de treinta años de desvelos, de darlo todo por él, de esperarlo despierta cuando salía con los amigotes, se ha ido de casa.Y no es que se haya ido con otra, que eso lo entendería. ¡No! encima tiene la poca vergüenza de decirme:
-Mamá, es que necesito espacio. Ya soy mayor.
¡Mayor! Pero ¡¡¿dónde va esa criatura con 30 añitos?!!?
Ahora, que yo se lo he dicho, eh??
- Parece mentira, dejarme tan pronto, hay que ser mal hijo...
Y me dice:
- Pues Jesucristo se fue de casa con 30 ?
- ¡Y mira cómo acabó! ¡No llegó a los 34!
En fin... Ya lo voy llevando mejor... Pero el día que se fue, yo creí que me daba algo. El niño allí, recogiendo sus cositas. Cuatro chorradas, porque... ¿Qué se va a llevar el pobre, si no tiene nada suyo? .... Pues todo lo nuestro.
Pero fui yo la que se lo dije:
- Anda, tonto, llévate la tele pequeñita... y el DVD... y la minicadena... y ¡la lavadora!
Pero es más bueno! Ahí ya me dijo:
- No, mamá, la lavadora, no... que no tengo ascensor. Ya me la traes tú cuando vengas a verme
¡Mi niño! Menos mal que no tengo tiempo de pensar en él, porque estoy todo el día ocupadísima haciendo croquetas para mandárselas.Que si no, se pasa la vida llamando a Telepizza. Y cuando estoy liada en la cocina, mi marido viene por detrás, como un niño chico, a robarme las croquetas. Y yo:
- ¡Deja eso ahora mismo! ¡Que son para el niño!
- ¿Y yo qué ceno??
- ¡Pues yo qué sé,..! ¡Llama a Telepizza!
Pero luego me da pena, el pobre... que, al final, siempre le digo:
- Andaaa... déjalo... Ya llamo yo: ¿margarita o cuatro quesos??
Bueno, y me he comprado un móvil, que puedo hablar con el niño el tiempo que quiera por cinco euros. Eso sí, sólo podemos hablar de ocho a diez, como en la cárcel... Pero, a veces, no aguanto más y lo llamo fuera de horario, a escondidas de mi marido. Que parece que tengo un amante:
- Cariño, te tengo que dejar, que ha llegado papá ?
Y cuando mi marido me pilla:
- ¡Ha llamado él, ha llamado él! Venga, rey, anda, no seas bobo...ya te llamo yo luego... Huy... qué mimoso está... Éste en dos días esta aquí de vuelta, eh Manolo??
Pero, por fin, cuando dan las ocho, y ya puedes hablar con él, libremente, de todas nuestras cosas...
- Hola lechoncito, soy mamá... ¿Qué tal el día??
- Bah...
- ¿Qué haces?
- Pssss...
- ¿Has cenado ya??
- Pschá...
- Bueno, no tienes ganas de hablar, no??
-Bha.
- Bueno, pues adios. ¡Manolo que tu niño me ha colgado el teléfono!
-Cariño es que te pones muy pesada...
- ¡Ahhhh!
¿Pesada yo? ¡Pesada tu madre, que hay que ir todos los años a ponerle flores!
Al principio no te atreves a tocar nada de su habitación, porque tienes la esperanza de que tu hijo se dé cuenta de que no puede vivir sin ti y vuelva. Pero la semana pasada... abrí los ojos. Le llamo, y me sale una voz de mujer:
- ¿Diga???
Y colgué inmediatamente. Volví a marcar... y ya me sale el niño. Y le digo:
- Oye, ¿quién era ésa?
Y él:
- Una amiga- ¡Ay, menos mal! Creí que era otra madre... Bueno, ¿y qué estáis haciendo??
- Pues nada, comiendo...- ¡Ah, muy bonito! ¡Yo todo el día encerrada en la cocina para que venga una guarra cualquiera a comerse mis croquetas!
- No, si ella no come, no le gustan...
- Ah, ¿no le gustan? Mírala, qué fina...
Ahí me enfadé tanto que decidí hacerle caso a mi marido y convertir la habitación del niño en el cuarto de la plancha. Y me pongo allí a organizar el altillo... sus libros, sus cómics, sus revistas porno... Y de pronto, me dije: "¿A ver si las va a necesitar?" Claro, porque cualquier pretexto es bueno para ir a ver a tu hijo... Pero, de repente, encontré la excusa perfecta: su ajedrez del centenario del Atleti. Con el sacrificio que hizo para reunir las piezas, ¡que estuvo un mes comprando el periódico. Así que al día siguiente le llevé un peón... Al otro, un alfil...Al otro, una torre...
Y él:
- ¿Pero no me puedes traer todas las fichas a la vez??
Y yo:
- Ah... es que como te hizo tanta ilusión reunirlas por entregas...
Y mi marido se hace el duro, pero también tiene sus sentimientos, eh? El otro día fui yo quien le pillé a él hablando con el niño fuera de horario, y con una voz de angustia le decía:
- Hijo mío... ¡mándame una croqueta...!
Ahí me di cuenta de que me estoy pasando... Que hay un montón de experiencias nuevas que vivir con mi marido. Así es que voy a empezar a disfrutar de esta segunda luna de miel. Voy a ver si lo animo, y nos vamos juntos a... llevarle la lavadora al niño. Y así el pobre prueba las croquetas, que está tan flaquito que parece que el que se ha independizado es él .

¿QUE ES EL ÉXITO?



Éxito es:


A los 3 años ,.....no mearse


A los 6 años ,.....recordar lo que hiciste en el día.


A los 12 años,... tener muchos amigos. A los 18 años,... tener carné de conducir.


A los 20 años,... tener relaciones sexuales.


A los 35 años ,...tener mucho dinero.


A los 50 años,... tener muchísimo dinero.


A los 65 años,... tener relaciones sexuales.


A los 70 años ,...tener carné de conducir.


A los 75 años,... tener muchos amigos.


A los 80 años,... recordar lo que hiciste en el día.


A los 85 años,... no mearse.





Hay que joderse ... ¡Las vueltas que da la vida.

26 de octubre de 2009

90 AÑOS SON POCOS. (Regina Brett)


REGINA BRETT
Escritora y columnista sensible, que con frecuencia desafía a la autoridad llegando a tocar el corazón de sus lectores con sus reflexiones; seleccionada finalista para el Premio Pulitzer en la categoría de comentarista en 2009 y 2008, ha recibido diversos reconocimientos destacando recientemente el Premio Campana de la Libertad de la Asociación Metropolitana de Abogados de Cleveland, en junio y el Premio Martillo de Plata de la Asociación de Abogados de Estados Unidos el 1 de julio de 2009, que le fue entregado por su participación impulsando el proyecto "Open Discovery to Ohio", con el que se promueven en su estado, procesos legales abierto, mas justos e imparciales.Regina, además de escribir sus columnas también tiene un programa de radio que se trasmite por la estación WCPN 90.3 FM, desde Cleveland, Ohio, todos los viernes donde también tiene un alto número de seguidores.

90 AÑOS SON POCO
Para celebrar la llegada a mi edad avanzada escribí unas lecciones que me ha enseñadol a vida.

La vida no es justa, pero aún así es buena.
La vida es demasiada corta para perder el tiempo odiando a alguien.
Tu trabajo no te cuidará cuando estés enfermo. Tus amigos y familia sí. Mantente en contacto.
No tienes que ganar cada discusión. Debes estar de acuerdo en no estar de acuerdo.
Llora con alguien. Alivia más que llorar solo.
Cuando se trata de chocolate, la resistencia es inútil.
Haz las paces con tu pasado para que no arruine el presente.
No compares tu vida con la de otros. No tienes ni idea de cómo es su travesía.
Si una relación tiene que ser secreta, mejor no tenerla.
Respira profundamente. Eso calma la mente.
Elimina todo lo que no sea útil, hermoso o alegre.
Lo que no te mata, en realidad te hace más fuerte.
Nunca es demasiado tarde para tener una niñez feliz. Pero la segunda sólo depende de ti.
Cuando se trata de perseguir aquello que amas en la vida, no aceptes un "no" por respuesta.
Enciende las velas, utiliza las sábanas bonitas, ponte la lencería cara. No la guardes para una ocasión especial. Hoy es especial.
Sé excéntrico ahora. No esperes a ser viejo para serlo.
El órgano sexual más importante es el cerebro.
Nadie es renponsable de tu felicidad, sólo tú.
Enmarca todo supuesto "desastre" con estas palabras: "En cinco años, ¿esto importará?"
Perdónales todo a todos.
Lo que las otras personas piensen de ti, no te incumbe.
El tiempo sana casi todo. Dale tiempo al tiempo.
Por más buena o mala que sea una situación, algún día cambiará.
No te tomes tan en serio. Nadie más lo hace.
No cuestiones la vida. Sólo vívela y aprovéchala al máximo hoy.
Llegar a viejo es mejor que la alternativa.....morir joven.
Todo lo que verdaderamente importa al final es que hayas amado.
Sal todos los días. Los milagros están esperando en todas partes.
Si juntáramos nuestros problemas y viéramos los montones de los demás, querríamos los nuestros.
La envidia es una pérdida de tiempo. Tú ya tienes todo lo que necesitas.
Lo mejor está aún por llegar.
No importa cómo te sientas... arréglate y preséntate.
Cede.
La vida no está envuelta con un lazo pero sigue siendo un regalo.

Regina Brett

EL DISFRAZ DEL NEGRO. (Chiste)

EL DISFRAZ DEL NEGRO

Un negro y su esposa son invitados a una fiesta de disfraces.
Él le dice a su esposa que vaya a buscarlos disfraces.
Por la noche, cuando llega del trabajo, encuentra en la cama un disfraz de SUPERMAN.
Gritando le dice a su mujer:
¿Qué coño es esto? ¿Cuándo has visto a un SUPERMAN negro? Vete y cámbialo por algo mejor.
La esposa molesta va a la tienda y lo cambia. Cuando llega el esposo ve en la cama un disfraz de BATMAN y le grita:
Pero tú estás loca, mujer ¿cuándo has visto a un BATMAN negro? Vete y cámbialo por algo mejor.
La esposa -que ya está hasta las narices- devuelve el disfraz y compra varias cosas.
En la cama le pone 3 botones blancos, un cinturón blanco y un palo de madera.
Cuando el esposo llega y encuentra esos objetos en la cama le dice a la mujer:
¿Qué es esto?
La esposa le contesta:
Es para que elijas tu disfraz: si te quitas la ropa y te pegas los botones, vas de Dominó. Si no te gusta, entonces te quitas los botones y te pones el cinturón blanco y vas de Galleta Oreo y, si tampoco te gusta, te metes el palo por el culo y vas de MAGNUM.

Recibido por email

TÚ TIENES RELOJ, YO TENGO EL TIEMPO.




Tú tienes reloj, yo tengo tiempo.
Entrevista al tuareg MOUSSA AG ASSARID
26 Ago 2009


Moussa Ag Assarid es el mayor de trece hermanos de una familia nómada de tuaregs. Nació al norte de Mali hacia 1975 y en 1999 se trasladó a Francia para estudiar. Es autor de “En el desierto no hay atascos”, donde describe su fascinación y perplejidad ante el mundo occidental.
Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis.Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!
A continuación está la entrevista que concedió a La Vanguardia

No sé mi edad: nací en el desierto del Sahara, sin papeles…!
Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Estoy soltero. Defiendo a los pastores tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo
¡Qué turbante tan hermoso…!
Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su través.
Es de un azul bellísimo…A los tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados…
¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?
Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los tuareg, es el color del mundo.
¿Por qué?
Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.
¿Quiénes son los tuareg?
Tuareg significa “abandonados”, porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: “Señores del Desierto”, nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.
¿Cuántos son?
Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece… “¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!”, denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar este pueblo.
¿A qué se dedican?
Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio…
¿De verdad tan silencioso es el desierto?
Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.
¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?
Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba… Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre… Y yo. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!
¿Sí? No parece muy estimulante. ..
Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas… Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.
Saber eso es valioso, sin duda…
Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!
Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?
Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!
¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?
Vi correr a la gente por el aeropuerto.. . ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro…
Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja…Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté… Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua… y sentí ganas de llorar.
Qué abundancia, qué derroche, ¿no?
¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso…
¿Tanto como eso?
Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos… Yo tendría unos doce años, y mi madre murió… ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.
¿Qué pasó con su familia?
Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa… Entendí: mi madre estaba ayudándome…
¿De dónde salió esa pasión por la escuela?
De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo…
Y lo logró.
Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.
¡Un tuareg en la universidad. .. !Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella… Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra… Aquí, por la noche, miráis la tele.
Sí… ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?
Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa… En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!
Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.
Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde…
Fascinante, desde luego…
Es un momento mágico… Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor… La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor…
Qué paz…Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.

Vía entrevista: La Contra de La Vanguardia

24 de octubre de 2009

EL ENTIERRO. Jesús Chacón Bautista.

EL ENTIERRO

Tal vez, sea esta una de las anécdotas que más vivamente quedó gravada en mi memoria y mayor impacto me produjo. Al momento de la misma, a penas si había salido ya de mi primera infancia.
Taam .., taam.., taam.., taam.., taam...
Es el sonido metálico, profundo y grave de la campana más antigua del campanario. Un toque lento, rítmico y cadencioso se repite, una tras otra vez, durante unos largos minutos.
Por todos los vecinos es conocido ese tañido parsimonioso y vespertino. Hasta es conocido por la chiquillería del pueblo, que ignorante de la profundidad del drama, juega, retoza y grita a la salida de la escuela.
Desde mi más tierna infancia empecé a conocer el significado de este singular repiqueteo. Sentía miedo sin llegar a conocer por completo el significado de estos sones, pero me paralizaban mi frágil cuerpo de infante al igual que a los otros chicos de mi edad.
Mis compañeros y yo cesamos en nuestras actividades lúdicas cuando nos percatamos de la presencia de la reducida y peculiar comitiva.
Un monaguillo la encabezaba portando con sus manos un báculo en cuya parte superior culminaba con un crucifijo.
Tras el monaguillo, el cura del pueblo, y, a ambos lados, dos monaguillos más, uno de ellos portando la vasija con el agua bendita y el hisopo, y el otro, el oracional que se requería para el acto.
Los monaguillos vestían unas cortas y deslustradas sotanillas, de color rojo desteñido, ceñidas con un fajín de color crudo, que en su tiempo fue blanco, y esclavina del mismo color; el cura portaba, sobre el alba, la capa pluvial de color negro de difuntos, festoneada con ribetes amarillos, que mantenía asidos con ambas manos.
El semblante de los monaguillos, más que cariacon-tecido por la gravedad de la ocasión, parecía producido por el fastidio de no disfrutar de los juegos como los demás chicos. El cura, parecía musitar (ya próximo al domicilio del fallecido) unas oraciones por el descanso eterno del finado.
Nos mantuvimos a distancia hasta que fuimos superados por el reducido cortejo, y una vez rebasados, nos sumamos al mismo, a unos pocos pasos de distancia.
Al girar la primera esquina casi nos damos de bruces con la gente que entraba y salía del domicilio del muerto. A la entrada del cura a la vivienda, los hombres se quitaban la boina o la gorra de la cabeza, y tanto éstos como las mujeres, cubiertas la cabezas con un pañuelo negro, se santiguaban y permanecían en riguroso silencio.
Contenidos gemidos y suspiros, en unos casos, y llantos más incontrolados, en otros, por los familiares más próximos, a la entrada del cura a la habitación, se producían para ir decreciendo poco a poco en intensidad.
Algo más rezagados, nos adentramos con sigilo, y no sin cierto temor, en el hogar del difunto, así que la entrada y salida de la gente nos lo permitía.
Algunos mayores nos miraban con gesto serio y adusto con cierto aire de desaprobación por nuestra presencia, a la vez, que con gestos de las manos nos indicaban que nos retiráramos y saliéramos del recinto. Nuestra curiosidad era mayor que la consideración hacia las personas mayores, y, poco a poco, nos fuimos introduciendo en la casa y fisgoneamos, así que que introducíamos la cabeza entre los huecos que nos dejaban.
No recordamos haber visto ningún entierro, ni teníamos conciencia de haber visto a un muerto. Tan sólo sabíamos lo que otras personas mayores nos habían contando.
Apoyada sobre una de las paredes estaba la tapa oscura y tétrica del ataúd. Nos apegamos instintivamente unos a otros sobrecogidos por el temor que nos producía la presencia de dicho elemento, y arrimados a la pared seguimos al cura y a los monaguillos.
El ataúd sobre el túmulo, aunque descubierto, y el estorbo de la gente, tan apenas permitía ver la cara del muerto.
Los candelabros con las velas llameantes en las esquinas del féretro y el crucifijo a la cabecera, el atibo-rramiento de la gente y el olor de la cera quemada crearon un entorno que nunca olvidaríamos.
La piel cérea de la cara, los labios pálidos, las cuencas de los ojos más profundas y oscuras, las mejillas retraídas que remarcaban las mandíbulas y los pómulos, la nariz afilada, los ojos vidriosos y ligeramente entreabiertos en aparente situación expectante como si se resistieran a cerrarse definitivamente a la vida.
Una inquietud interior y un misterioso desasosiego nos invadieron y provocaron un arrinconamiento de unos contra otros.
El cura finalizó los responsos, y los familiares más próximos, poco menos que se agolparon al féretro para echar la última mirada de despedida a su exánime familiar.
Unos vecinos y parientes cubrieron el ataúd con la tapa y fijaron la misma con los cerrojillos y aldabilla. El golpeo y ajuste de los dispositivos y artefactos de cierre fueron el punto de partida de sollozos y gritos desmandados de los parientes más allegados.
Como conejillos asustados, nos escabullimos como pudimos por entre la gente, no sin recibir, además de reproches, algún que otro pellizco de la gente con la que tropezamos y fastidiamos en nuestra atolondrada escapada.
La estructura del domicilio provocó el zarandeo del féretro y un leve y sordo golpeteo del cadáver en el interior del mismo.
El féretro se acomodó en el carro, que como era costumbre, se utilizaba como medio de transporte, hasta en cementerio.
La chiquillería nos apostamos en las inmediaciones del callejón, y tan pronto como nos rebasó los acompañantes, salimos detrás.
Iniciaba la comitiva el monaguillo con el crucifijo. El alguacil, con los ramales del asno en la mano, llevaba al carro por las superficies menos accidentadas para evitar zarandear el féretro.
Tras el carro funerario, el cura secundado por los otros dos monaguillos, los familiares y acompañantes en apenado silencio, a veces seguido de susurrantes oraciones en favor del difunto.
En la entrada del cementerio se bajó el féretro del carro y fue transportado por allegados y vecinos a la fosa.
El cura recitó las últimas oraciones, y con el aspersorio roció con agua bendita el ataúd. Fue depositado el féretro en el fondo de la fosa por medio de sogas.
Echó la primera palada de tierra y a continuación los familiares y amigos le imitaron con otra simbólica. El ruido de la tierra al chocar con el ataúd produjo un golpeteo que se gravó en mi cerebro y un cierto pavor me dominó como si fuera yo el muerto; y una sensación de agobio me invadió que difícilmente podré apartar de mi mente. Hasta el regreso al pueblo esas sensaciones me obsesionaron y machacaron el cerebro.
El sepulturero procedió a cubrir el ataúd totalmente. Sobre el pequeño caballón de tierra depositaron los ramos de flores y clavaron una cruz.
Los acompañantes se fueron retirando. Los familiares, entre sollozos, musitaron las últimas oraciones.
La chiquillería, a instancias de los mayores, desalojamos el camposanto.
El enterrador, tras asegurarse que todo el personal abandonó el recinto, cerró las puertas con estrepitoso y luctuoso ruido de la cerradura.
Regresamos con la comitiva al pueblo. Poco a poco, según llegamos, volvimos a nuestros respectivos hogares, cabizbajos, olvidando nuestros juegos, con la tensión de los momentos vividos y con la incomprensión y confusión que a nuestra corta edad nos produjo la experiencia vivida.

Jesús Chacón Bautista

RUMBO AL DESIERTO DE LAS PALMAS. J.CH.B

RUMBO AL DESIERTO DE LAS PALMAS

A menudo recuerdo con bastante claridad, y sobre todo con mucha nostalgia, una de las épocas de mi vida, - pese a la distancia en los tiempos,- que con frecuencia giran y giran en mi mente, y que de forma especial marcaron mi vida.
En el periplo de mi existencia ha habido una multitud de hechos y circunstancias que configuran capítulos de la misma, pero ninguno como aquellos que se produjeron en mi segunda infancia y adolescencia.





El último curso se está acabando. Este curso es, especialmente para todos nosotros, - los del último curso, y de un modo muy particular para mí-, muy señalado. Durante el mismo, no solo se completaba un ciclo a nivel intelectual, si no que supuso un periodo de gran transcendencia, de reflexión y de preparación psicológica, y espiritual para la nueva etapa, que íbamos a comenzar.
La ilusión que durante unos años fue en aumento, poco a poco, al fin, se iba a hacer realidad.
Antonio López, Francisco Javier Aguilar, Miguel Galindo, Francisco Ramiro y Jesús Chacón, el que escribe.
Todos nosotros estábamos preparados para afrontar una nueva vida y nuevos deseos para dar un paso transcendental a nuestra existencia, que iba a cambiar de una forma radical nuestro futuro como personas, y por la repercusión que tendría en nuestro devenir en la vida.
Finalizamos el curso sumidos y centrados en los estudios pedagógicos previos, y en el nuevo paso que íbamos dar.
Parecía como si todo lo que acaecía a nuestro alrededor, hasta los momentos presentes, consustancial a nuestra existencia, pasara de un modo radical a ocupar un segundo término.
Era como si una nube misteriosa nos envolviera, abstrajera del presente y nos sumiera en nuestra intimidad para la reflexión y consideración, ante la transcendencia de los eventos que se nos avecinaban.
Todas las circunstancias y momentos cotidianos adquirían una especial importancia y relevancia: desde el despertarnos con el golpeo de “palmas” para los actos de piedad, las clases, los recreos, etc., etc., hasta las últimas actividades del día.
A medida que avanzaba el tiempo, hacia final del curso, me inhibía de los actos y situaciones banales e intranscendentes y me centraba en los estudios y en las nuevas perspectivas, ya muy inminentes, que me aguardaban.
La tensión, tras los exámenes, fue decreciendo y otras inquietudes ocuparon los ánimos de los alumnos.
Después de la fiesta de nuestra patrona, y a excepción del último curso, escalonadamente – como era costumbre- y según el destino, el resto de los estudiantes tomó rumbo hacia el domicilio de procedencia para disfrutar de sus vacaciones.
Nosotros también partiríamos, pero hacia un destino ignorado – no por su ubicación, si no por las vivencias que nos aguardaban-, esperado y deseado para el que nos habíamos estado preparando desde hacía varios años.
En el día y a la hora señalada, el vehículo nos recogió con nuestro escueto y sencillo bagaje y tomó rumbo hacia el lugar de destino.
Los cinco compañeros intercambiamos miradas de satisfacción, de complicidad, de alegría interior contenida, de ansiedad y de mesurada seriedad; con la incógnita de lo que estaba por llegar, pero con la ilusión de que así fuera.
En el trayecto, recuerdo, fuimos parcos en palabras. Nos dedicamos a observar el paisaje por las ventanillas del vehículo. Pocas palabras intercambiamos. Acaso, la razón de tal sobriedad fuera la intensa emoción y satisfacción.
Una sinuosa y angosta carretera penetra en la accidentada orografía y se encumbra zigzagueante por las laderas de las montañas. De trecho en trecho, y a ambos lados de la calzada, una floresta de pinos y otros ejemplares de la vegetación mediterránea la custodia hasta la contigüidad del monasterio.
A lo largo del recorrido, la calzada queda cubierta, a tramos, por un túnel vegetal formado por las copas de los pinos, de uno y otro lado, que difícilmente es atravesado por los rayos solares.
Atrás dejamos la enorme explanada; un gran conglomerado de edificios, constituye y da nombre a la ciudad “de La Plana”. Más hacia la lejanía, una línea bien definida por la enorme masa azul-verdosa de las aguas, da forma a la costa que delimita las fronteras entre la tierra y el mar.
Esquivando, una tras otra, varias montañas, al fin, accedimos a las inmediaciones del Convento. Sobre un pedestal de forja hay una inscripción: “Desierto de las Palmas”. “Monasterio”.
Desde la cima del último repecho, se vislumbra de forma panorámica tanto la estructura del Monasterio como los espacios y construcciones adyacentes. Todo el conjunto está enclavado en las laderas de las montañas y cercado por un muro.
Todo el entorno irradiaba paz, silencio y recogimiento. Este iba a ser la residencia durante un periodo denominado Noviciado, durante el que seríamos instruidos, formados e iniciados en la regla del Carmelo Descalzo.
Como fondo, y tras de sí, al oeste, el monte Bartolo; al norte, las Agujas de Santa Águeda; y al este, la vaguada con los vestigios del primitivo convento, que converge, en la llanura, con una de las poblaciones más significativas “de La Plana” y las polícromas aguas del Mediterráneo. Aquel vergel, en pleno silencio y soledad, iba a ser nuestra apacible reclusión durante un tiempo durante nuestra formación.
Un camino serpenteado de tierra da acceso a las inmediaciones del Monasterio.
Unas pequeñas capillas, formadas en las oquedades del muro, que representan las diferentes estaciones del Vía-Crucis ilustradas en soporte de caolín, guían hasta la entrada principal del Monasterio.
Dos filas de cipreses, símbolos de espiritualidad, a ambos lados de la calzada que conduce a la portería del convento, elevan sus afiladas copas, como preces, al cielo.
En las paredes de la portería hay unas inscripciones y dibujos, impresos en unas baldosas, alusivas a las “Moradas” y a la “Subida al Monte Carmelo”, obras de los insignes reformadores de la Orden.
La campanilla de la portería tintinea y alerta al hermano portero. Unos momentos de espera. Expectantes los cinco observamos las paredes, el decorado, gravados e ilustraciones de la portería a la espera de que la puerta se abriera.
Unos pasos sigilosos, arrastrados - sumidos en la apacible paz y recogimiento - y ruidos de llaves se acercaban al otro lado de la puerta. Se abre la puerta. Un fraile, el hermano Alberto, nos franqueó la entrada y nos dio la bienvenida, con una mueca, que pretendía ser una leve sonrisa, y un “Ave María purísima” al que los cinco respondimos “Sin pecado concebida”.
Le seguimos, a indicación suya, al locutorio y esperamos al maestro de novicios, el padre Reinaldo, que así se llamaba.
Nos llenó de sorpresa y curiosidad la persona del hermano Alberto. Era mas bien bajo, delgado, pelo ralo y canoso; entrado en años, con gafas grandes, de cristales de fondo de vaso y probablemente tan solo algunas quintas, no muchas, más joven que él, que se sostenían sobre un apéndice nasal bien anclado. Sus andares denotaban degeneración ósea más que importante de sus extremidades y caderas.
La espera nos permitió contemplar la colección de figuras zurbaranescas pintadas de los santos padres de la Iglesia y del Carmelo hasta que hizo su entrada en el locutorio el Padre Reinaldo, maestro de novicios, nuestro educador y formador.
Nos recibió con manifiesta alegría y nos ofreció el escapulario del hábito para que lo besáramos, a la vez que nos prodigó un afectuoso abrazo, a uno tras otro. Nos dijo su nombre y su cargo frente a nuestra formación e iniciación en nuestra vida religiosa. Correspondimos nosotros diciéndole nuestro nombre y apellidos, tras lo cual nos indicó, con cierta benevolencia y comprensión, que ésta era la última vez que utilizaríamos nuestro nombre y apellidos para adoptar otros, que en la nueva vida, voluntariamente aceptábamos. Era la primera señal de toda renuncia al mundo en una nueva etapa.
Le seguimos ensimismados, a través de los claustros del monasterio, hasta las dependencias del noviciado. Y a partir de aquí empezaba nuestra nueva etapa en la ansiada aventura de la vida religiosa.






Jesús Chacón Bautista

LA TORMENTA. (Jesús Chacón Bautista)



LA TORMENTA

Aproveché las horas más oportunas, por razones climáticas y de apetencia, porqué no decirlo, para hacer algo de ejercicio y las empleé en la tala y limpieza de hierbajos que cubrían la senda desde el acceso de la entrada principal.
En el fondo del porche decidí tomarme un corto descanso tras el esfuerzo que supuso el ejercicio, más bien debido a la falta de costumbre que por la dificultad del mismo.
Tomé asiento en el viejo sillón de madera, deslucido y marcado por la carcoma. Sobre el asiento del sillón un cojín de lana apelmazado por el uso.
El viejo sillón es uno de esos enseres que se resiste uno a tirar o arrinconar definitivamente por el apego o cariño que se les coge, por todo lo que ha supuesto en nuestra vida de asueto; y cuando se deterioran y son reemplazados por otros más al uso, se les posterga a otros lugares para que acaben sus días con un poco de paz.
Tomé un trago de agua y encendí un cigarrillo. Dejé descansar mis neuronas y me dediqué a observar el paisaje enmarcado por las paredes, el techo y el suelo del cobertizo, al tiempo que no cesaba de oír el ric-ric del veterano sillón, según me balanceaba.
Voluptuosamente fui consumiendo el cigarrillo dejando escapar volutas de humo que se alejaban diluyéndose en el aire, hecho que me ayudó a relajarme, si cabe, más.
Mi mirada fue recorriendo, al tiempo, todo el entorno del porche: los utensilios, la leña amontonada, algún tanto anárquicos, el fogón, la chimenea, las telarañas de las paredes, Esto me sirvió para organizarme y buscar un tiempo para ordenar y limpiar el cobertizo.

A continuación centré mi mirada al frente, en un plano inferior al de la casa. A un centenar de metros, una hilada de chopos dibujaba la sinuosa y recóndita corriente de agua.


En pleno proceso de renovación, las otrora desnudas ramas de los chopos, se van cubriendo de renuevos verdes y marrones. Alguna que otra masada se encuentra dispersa en proceso de derrumbamiento y deterioro marcados por el hundimiento del tejado y el cascarillado de sus paredes.
Al otro lado del riachuelo, las laderas de las montañas están cubiertas por las copas de los pinos y floresta de bajura. Más a lo lejos, otra cadena montañosa deja a la vista la desnudez de sus paredes verticales y groseras.


Si bien el ambiente estaba atemperado por los tibios rayos de sol, las previsiones climáticas no auguraban estabilidad, y unas nubes grises, cada vez más espesas, y un viento fresco y ligero en un principio y algo más intenso después, irrumpieron en el entorno, oscurecieron el paraje y refrescaron las inmediaciones los rincones de la estancia.
A lo lejos se advertía un murmullo de forma esporádica. Después se fue haciendo más intenso y próximo, hasta situarse sobre el entorno del pequeño valle. De vez en cuando un fulgor precede al estruendo y hasta incluso, a veces, casi se superpone, señal inequívoca de su proximidad.
El cielo tomó un tinte plomizo. Un murmullo inquietante, cada vez más ensordecedor, se dejaba sentir en el enclave.
Sobre el tejado de uralita impactan los primeros goterones, precursores de la tormenta que se avecina; gradualmente van arreciando, acompañados por un rumor por momentos más intenso. El murmullo se torna inquietante.
El golpeteo sobre la uralita, se hace progresivamente más fuerte e intenso. Los goterones de agua cada vez son más intensos y dejan paso a una infinidad de minúsculos gránulos de granizo que paulatinamente aumentan de tamaño hasta alcanzar el tamaño de una nuez y que amenazan con perforar el techo.
Por los canales del tejado se desliza el granizo, como salido de una manguera, y empieza a cubrir el suelo formando un manto granuloso blanco-transparente.
El paisaje, visto al frente, queda limitado por una espesa cortina de granizo y que, al poco, fue sustituido por agua. Al ruido ensordecedor del agua y pedrisco, se le incrementó el estruendo súbito y violento de los truenos, chispas y centellas que, a cada instante, se sucedían con más intensidad.
Los fenómenos meteorológicos se suceden sin tregua ni cuartel, y, en esos momentos, parece como que todo fuera a saltar por los aires. Un fulgor intenso y cegador simultaneado con un trueno brusco y de extrema violencia estalló sobre el montículo junto a la masada, y sus efectos me desplazaron hacia atrás en el sillón. Quedé deslumbrado, aturdido y atemorizado por unos pocos minutos.
El pino sobre el que cayó el rayo quedó desgajado y prendió fuego y carbonizó hasta las entrañas. La intensa lluvia neutralizó las llamas e impidió prendiera con violencia los arbustos y matorrales próximos, evitando males mayores.
Sobrecogido, permanecí inmóvil por efectos del shock. Cuando puede reaccionar, abandoné el porche y me recluí en el recinto más recóndito de la masada en busca de mayor protección hasta que la intensidad de la tormenta decreciera.
Fue cesando el aparato eléctrico y se desplaza gradualmente hacia la cadena montañosa con toda la crudeza, pero la lluvia caía con saña rasgando pequeñas ramas de los árboles y arbustos revistiendo, con el detritus, el callejón y el carril que da acceso a la masería.
La luminosidad de los relámpagos seguía dibujando el contorno de las montañas.
El agua se recolectaba por la ladera del montículo y sobrepasaba el cauce de los canales naturales, arrastrando consigo restos de astillas, palos, guijarros y tierras que abocaban a la zanja y obstruían el drenaje hacia las acequias artificiales. Y el agua, acumulada y sin control, bajaba por todo el camino arrastrando consigo todo tipo de material que se encontraba a su paso.
Gran parte de las plantas y sembrados fueron aplastados por el implacable y destructor efecto de la lluvia y el granizo.
Seguía lloviendo con fuerza. Las perspectivas no predecían que el temporal fuera a remitir. El cielo cerrado, borrascoso y oscuro no dejaba de vaciar el contenido líquido de sus nubes, y no parecía dispuesto a hacerlo.
Me fui a la cama. Dejé la ventana abierta a la luz, con el cristalero cerrado. Me dejé mimar con las mantas de lana. Los relámpagos iluminaban por un brevísimo tiempo el valle y todo el entorno. El chispeo de la lluvia sobre los charcos y las paredes, y el retumbo ya distante de los truenos, tras un importante lapso de tiempo, me sumieron en un profundo sopor.
El claror de la alborada y, ya seguidamente, el tímido calor de los primeros rayos solares, me hicieron tomar conciencia de un nuevo día.
Dejé transcurrir un tiempo. Me vestí y bajé al porche. La tierra estaba saturada del agua caída, y los charcos se mantenían con bastante agua; el pavimento cubierto de guijarros y tierra, y la acera del porche salpicado de hojas y ramas.
Los rayos de sol iluminaban el valle, el cielo límpido y diáfano se acicalaba de un azul resplandeciente. La tormenta se había desplazado hacia otras tierras y a su paso dejó pruebas, más que suficientes, de su paso por el valle, pero al mismo tiempo, también depositó el elemento vivificador de una nueva fase en la evolución de la naturaleza.
Jesús Chacón Bautista








































23 de octubre de 2009

DOBERMAN AGRADECIDA.

La siguiente imagen te conmoverá el corazón
La Doberman está embarazada.


El bombero acaba de salvarla de un incendio en su casa,l a salvó sacándola de la casa al jardín, y luego continuó en la lucha contra el fuego. Cuando finalmente se apagó el fuego, se sentó para tomar aliento y descansar.
Un fotógrafo del periódico Noticias de Carolina del Norte, notó que la perra en la distancia miraba al bombero. Vio a la Doberman caminar directo hacia el bombero y se preguntó qué iba a hacer. Así que levantó su cámara, el animal llegó hasta el hombre cansado que acababa de salvar su vida y la vida de sus bebés.
El fotógrafo captó el momento justo en que la perra beso al bombero.