12 de mayo de 2008

DON SIMEON. (Las tribulaciones de un prostático)

DON SIMEÓN (Las tribulaciones de un prostático)
Simeón había llegado con poco tiempo. A pesar de sus muchos años se ponía nervioso como un niño pensando que se le iba a escapar el tren.
Entró en la cafetería de la estación y pidió un "cortado"; lo bebió de golpe y pagó rápidamente pues era casi la hora.
Justo entonces, tuvo que ir al servicio. Cuando llegó a la puerta e intentó abrirla, no pudo; en su frontal, había un antipático letrero que le pedía una moneda de cinco duros (0,15 Euros), y la correspondiente ranura para introducirla. Buscó afanosamente en sus bolsillos y no pudo encontrarla. Iba a acercarse a la caja para solicitar el cambio necesario, cuando la megafonía le advirtió que su tren, situado en el andén cuatro, vía número siete, hacía su salida en breves momentos y que, para más liarla al ser un rápido, el tiempo de espera sería muy corto.
Tuvo que coger su equipaje y correr hasta el andén. Subió de un salto pensando que lo tomaba por los pelos, pero el vagón seguía quieto. No lo estaba su vejiga, que reclamaba imperiosamente sus derechos. Por muy prostático que fuera, y por muy enfadado que estuviese con la Compañía de Ferrocarriles, que exigía un pago previo al uso del mingitorio, no dejaba de ser un ciudadano respetuoso con las normas.
Sabía que mientras el tren estuviese parado en la estación no debía hacer uso del servicio; su "meadita" quedaría entre las vías, molestando a las personas que la vieran tras partir su tren.
Intentó recostarse cómodamente en su asiento y cerró los ojos.
Quería pensar en otra cosa, pero no pudo hacer más que concentrar todo su esfuerzo en dominar su esfínter vesical.
Tenía que ir al servicio con mucha frecuencia, y su médico le había dicho que padecía una hipertrofia de próstata. Con los ojos cerrados, mientras dominaba su esfínter, se recreó en el inútil ejercicio de denostar a la Compañía por su fea acción de cobro por adelantado.
Iba a iniciar una nueva retahíla de sabrosos insultos, cuando notó un leve tirón; el tren se ponía en marcha y pronto iba a abandonar la estación. Suspiró aliviado: su problema estaba en vías, -nunca mejor dicho-, de solución.
Tan pronto estuvo fuera de la ciudad, buscó el servicio. El tren era muy moderno, el vagón muy nuevo y era la primera vez que viajaba en un coche de estas características, pero el servicio estaba en el lugar acostumbrado. Volvió a suspirar, mas... le esperaba un nuevo sobresalto.
En la puerta, metálica y con aspecto de blindada, no había cerradura ni manija para abrirla. En su urgencia la buscó desesperadamente.
Cuando ya tenía en la boca un nuevo taco, vio un brillante botoncito con una leyenda que decía:
"Pulsar para abrir".
Lo pulsó, el efecto fue inmediato: la puerta suavemente, sin emitir el más leve sonido, se abrió. Ya, dispuesto a calmar su necesidad, se dio cuenta de que la puerta permanecía abierta; intentó cerrarla.
Imposible: no había manera.
-¿Cómo la cierro? -se preguntó desesperado, pues su necesidad era ya apremiante. Encontró una solución de emergencia: sacó la mano al pasillo hasta encontrar el maldito botón con el que abrió la maldita puerta y lo pulsó. El efecto también esta vez fue inmediato: la puerta se cerró tan silenciosa y rápida que tuvo que retirar la mano precipitadamente.
Justo a tiempo, aunque en el último instante, satisfizo su necesidad. Una sonrisa de placer se dibujó en su rostro; pronto se borró. La puerta metálica, brillante, moderna, tampoco tenía manija en su interior. Intentó meter los dedos por la invisible ranura.
Imposible, no había manera. Buscó, en las jambas de bruñido acero, el dispositivo, -seguro que un botoncito-, necesario para abrirla.
Nada.
Volvió a accionar el que descargaba el agua; vio uno rojo para pulsarlo en caso de emergencia; un magnífico enchufe que se podía utilizar para quien sabe qué artilugio...
Cuando, ya desesperado, estaba dispuesto a accionar el rojo, con el que gritar a todos los vientos su emergencia, lo vio.
Estaba arteramente escondido al lado del lavabo, eso sí, con un letrero que decía, más o menos:
"Pulsar para abrir".
Volvió a su asiento realmente aliviado. Algunos pasajeros dormían, otros, con los auriculares puestos, contemplaban el programa de televisión. Varios, ¿demasiados?, hablaban por sus
teléfonos móviles.
Había tenido la suerte de estar solo, ya que el asiento de su lado se hallaba desocupado, por lo que sentó, ¡ahora sí!, cómodamente.
Miró la pantalla del televisor y pensó que no le apetecía, era más interesante la otra pantalla: la ventanilla. El día era radiante y los campos, con todo el verdor de la primavera, brillaban
como esmeraldas; se retrepó en su asiento bien relajado y cerró los ojos.
No pudo evitar una sonrisa al rememorar la que se dibujó en su rostro, unos momentos antes, tras el placer de aliviar su apurada situación. Pensó que si alguien le veía sonreír de esa forma lo
tomaría por loco.
No le importó.
Tampoco le importó una sonrisa todavía más amplia, casi una risa, que no pudo reprimir aquella vez en Barcelona...
Había comido muy bien y bebido mejor. Tras el café y la tertulia, bajaba feliz desde la Ronda por la calle Pelayo, camino de las Ramblas, cuando sintió la necesidad que su próstata hacía siempre
urgente. Se recriminó por no haber tenido la precaución de "hacerlo" en el restaurante, pero, ¡claro!, entonces no tenía "ganas". Ahora, sí.
¡Y muchas!
Era un día de finales del otoño. La temperatura en Barcelona en esas fechas es siempre agradable, pero ese día, no. Hacía un tiempo desapacible, frío y él iba solamente con una ligera gabardina. Caía una fina lluvia, tan fría como el día, que no mojaba, pero que influía en su vejiga de forma imperiosa.
Para hacerlo más difícil era domingo y, a esas horas ese lugar, tan animado durante la semana, estaba prácticamente desierto, tanto que sus pisadas resonaban en la vacía acera. Como consecuencia, todos los bares estaban cerrados. Miró desesperadamente en busca de un local abierto, al fin, ya en la esquina de la calle Balmes, vio uno.
Se precipitó en su interior que estaba vacío. Un camarero miraba distraídamente la lluvia. Con prisa le pidió un café y le preguntó por el servicio.
-Al fondo a la izquierda- fue la contestación.
¡Claro, no podía ser otra!
El servicio estaba en obras; sobre la fila de mingitorios, habían colocado de forma provisional, procedente de otro sitio, un gran espejo.
En un primer momento no reparó en ello, pues toda su atención estaba puesta en su acto liberador. Al terminar alzó la cabeza y se vio reflejado en el enorme espejo. A un palmo escaso de su nariz, su cara se distendía en un gesto de inmensa felicidad.
¡Esa cara, esa expresión, la había visto antes! ¿Dónde?
Recordó a un gran actor: a Peter Sellers, en una graciosa película.
Transcurría gran parte de la misma en un jardín de una enorme mansión con piscina, estanques, surtidores y agua, mucho agua, muchos chorritos de agua. El protagonista tenía la misma necesidad que tanto le había martirizado antes y como él, no podía satisfacerla. Cuando al fin lo
consiguió, el gran actor puso esa misma expresión que ahora veía reflejada en el espejo.
¡Bueno!, la expresión de su cara no era ridícula, era graciosa, como gracioso era su pensamiento posterior. No sabía muy bien si se reía de sí mismo o de lo que había pensado, pero tuvo que reprimir una carcajada para que el camarero no lo tomase por loco.
El paisaje se deslizaba en su ventanilla velozmente; algunas personas, que continuaban pegados a sus auriculares viendo la película en el televisor, empezaron a reír, pues la película debía ser divertida. Le hizo gracia el espectáculo pues, de alguna manera, se vio reflejado en ellos cuando reía él solo de sus propios pensamientos.
Algunos asientos estaban ahora vacíos, esto le recordó que su tren disponía de bar. Dio mentalmente gracias a la Compañía de Ferrocarriles por ello, y fue a tomar un café; al pasar por delante del pensó que podía beber todos los líquidos del mundo sin molestar a su exigente próstata, pues ahora sabía como usarlo y, al menos en el tren, no era necesario el pago previo.
Volvió a ocupar su asiento. Tenía sueño y pensó que cerrando los ojos echaría una cabezadita, pero su próstata se había adueñado de sus pensamientos casi de forma obsesiva desde su reciente visita al urólogo.
Es una gran lata esto de ser prostático -pensó.
A pesar de que la inmensa mayoría de los varones adultos sufrimos su hipertrofia, la sociedad no quiere enterarse.
¿Por qué, si no, la mayoría de los servicios están alumbrados con tubos fluorescentes?
Vas con tu necesidad, modesta necesidad, pero imperiosa al fin, llegas al servicio -que dicho de paso, siempre está al fondo a la izquierda-, das al interruptor y pin, pin, plas, el nefasto tubo da
unos chasquidos, unos fogonacitos, pero tarda en encenderse de verdad un tiempo que al prostático se le hace infinito y, al fin, decides "empezar" casi al buen tun, tun.
Y nos suceden más cosas -recordó ahora.
Una vez en Madrid estaba en una esquina de la plaza del Sol sentado apaciblemente en la terraza de un bar degustando un refresco, cuando, casi consumido éste, su inquieta vejiga le pidió con la
urgencia de siempre que fuese liberada de su presión.
El bar, también restaurante, era muy grande. No era hora de comidas y, en ese momento, con el calor reinante, estaba casi vacío.
Al fondo, a la izquierda, había unas escaleras y un letrero con su correspondiente flechita, que decía:
"Restaurante". "Servicios".
Subió deprisa. El piso superior estaba escasamente iluminado, una mujer limpiaba las mesas. Sin tiempo para pensar, pues su necesidad había crecido con la espera, preguntó por el servicio.
La respuesta no se hizo esperar:
"¡Al fondo, a la izquierda!"
Estaba seguro de que se le había puesto cara de gilipollas.
Alcanzó el servicio; buscó afanosamente el interruptor. En esta ocasión se trataba de un moderno botoncito que se iluminó al accionarlo a la vez que la estancia. Localizó el ansiado urinario
un tanto alejado del maldito botón y, con la felicidad de siempre, inició el acto..., pero lo hizo con la lentitud de siempre, tanta, que la luz se extinguió antes de terminar dejándolo en la oscuridad más absoluta.Seguro que se trataba de un modernísimo aparato temporizador al que su inventor,
seguramente joven y con una próstata casi sin usar, no lo había dotado del tiempo que una próstata ya deteriorada necesita para alcanzar su bienestar.
Y...
¡El botoncito, en contra de lo que la más pura lógica indica, también se había apagado!
Se encontró a mitad de la evacuación, con la terrible disyuntiva de terminar en la más completa oscuridad o intentar una peligrosísima operación, es decir: continuar necesariamente de lejos y amenazado por el húmedo peligro de desviarse del lugar adecuado, y... "dar" la luz con la otra mano, tentando la pared contraria hasta hallar el maldito y apagado botón.
Lo logró en un alarde de facultades, sin deterioro de sus ropas y del suelo del local, pero le entró un sudor frío al considerar qué habría pensado cualquier persona que hubiese entrado en ese ridículo momento.
Esta vez no salió del servicio riendo.
El incidente, que sí terminó en risas,ocurrió un día que estaba con las mujeres de su familia pasando una tarde lluviosa y gris en el cuarto de estar de un apartamento nuevo, en la playa.
Se había desencadenado una tormenta muy intensa; tras un tremendo trueno, se produjo un apagón. No tenían luz alguna, ni linternas ni velas.
¡Nada!
En ese inoportuno momento su hipertrofia prostática le jugó una nueva pasada.
-Es el caso -dijo, cuando no pudo más, que tengo que ir al servicio... y sin luz...
-Espera a que venga -le dijo una de ellas, tan tranquila.
-¡Claro, tú no tienes próstata!
-Entonces, si no puedes esperar, lo tienes muy fácil.
Siempre ha sido fácil cumplir esa misión.
-Pero... sin luz...
-No me querrás decir que precisas luz para encontrarte lo que necesitas -rió, divertida otra de las mujeres.
-No, claro, pero ya sabes lo limpio que soy y lo que me molestaría no apuntar bien a oscuras, y ponerlo todo perdido.
Tras mis palabras, todas se echaron a reír de buena gana. Yo, un poco amostazado, dije:
-No sé qué os puede hacer tanta gracia.
Las risas fueron en aumento y una de ellas me dijo, entre risa y risa:
-Chico, pareces tonto. ¿Es que no lo sabes hacer sentado?
¡No creo que desde que el mundo es mundo, se le haya ocurrido a un solo hombre!
Casi no tuvo tiempo de sonreír con este último recuerdo, pues se durmió apaciblemente. Simeón despertó cuando su tren entraba en la estación de destino. Su viaje, pese a su hipertrofia prostática, había sido feliz, pero al llegar a la estación tuvo que cambiar en la cafetería una moneda de cien pesetas, para obtener la necesaria de cinco duros (0,15 Euros).
Por Jesús Pérez Tierra

11 de mayo de 2008

SIENTETE FELIZ

Encara la vida de frente; ojos en los ojos
Aprecia la naturaleza, hasta la más inhóspita
Aprende a cuidar de ti
Mira todo lo bello hasta en una tempestade.
Mira como son bellas las cosas frágiles
Valora el espectáculo de los contrastes naturales
No juzgues nada ni a nadie por la apariencia .
Descubre algo bello, hasta en las cosas tristes.
Juega siempre que quieras.
Deja tus pensamientos viajar en los sueños.
Aunque estés solo, siéntete siempre acompañado.
Intenta tener pensamientos coloridos.
Acepta que hay siempre algo arriba de ti.
Adáptate a las circunstancias.
Siempre que sea posible ofrece flores.
Da cariño hasta aquellos que nada esperan de ti.
Una pequeña gota puede ser el inicio de un río.
Si no hubieran ríos no habría mar !
Sin flores no hay jardines.
Todo en la vida empieza por ser pequeñito.
Mira en cada atardecer, la promesa de un mañana.
Acepta consejos; comparte opiniones; conversa.
Adaptate a las circunstancias.
No grites.
Al final de cada día memoriza todo lo que hiciste y
Y…. acepta, que no todo fue hecho como debía.
Dobla la columna siempre que sea necesario, no te vas a morir por causa de esto.
Después ríe de las cosas más insignificantes
Y si quieres grita bien fuerte

!YO SOY FELIZ!

SI….Siéntete feliz, aunque que tengas una vida en blanco y negro !

De internet

7 de mayo de 2008

VIDA (De Charles Chaplin)




VIDA

“Ya perdoné errores casi imperdonables,
traté de sustituir personas insustituibles
y olvidar personas inolvidables.
Ya hice cosas por impulso,
Ya me decepcioné con personas
cuando nunca pensé decepcionarme,
mas también decepcioné a alguien.
Ya abracé para proteger,
ya me reí cuando no podía,
ya hice amigos eterno.,
Ya amé y fui amado, pero también fui rechazado.
Ya fui amado y no supe amar.
Ya grite y salté de tanta felicidad,
ya viví de amor e hice juramentos eternos,
pero también “rompí la cara" muchas veces.
Ya lloré escuchando música y viendo fotos,
ya llamé sólo para escuchar una voz,
ya me enamoré por una sonrisa,
ya pensé que iba a morir de tanta nostalgia y...
...tuve miedo de perder a alguien especial

(y terminé perdiéndolo)

¡Pero sobreviví!
¡Y todavía vivo!

No paso por la vida...

y tu tampoco deberías sólo pasar... Vive!!!
Bueno es ir a la lucha con determinación,
abrazar la vida y vivir con pasión,
perder con clase y vencer con osadía,
porque el mundo pertenece a quien se atreve y

LA VIDA ES MUCHO
para ser insignificante"



Chaplin

TE DESEO QUE....


Te deseo...

"Te deseo primero que ames, y que amando, también seas amado.
Y que ,de no ser así, seas breve en olvidar y que después de olvidar, no guardes rencores.
Deseo, pues, que no sea así, pero que si es, sepas ser sin desesperar.
Te deseo también que tengas amigos, y que, incluso malos e inconsecuentes, sean valientes y fieles, y que por lo menos haya uno en quien puedas confiar sin dudar.
Y porque la vida es así, te deseo también que tengas enemigos.
Ni muchos ni pocos, en la medida exacta, para que, algunas veces, te cuestiones tus propias certezas.
Y que entre ellos, haya por lo menos uno que sea justo, para que no te sientas demasiado seguro.
Te deseo además que seas útil, mas no insustituible.
Y que en los momentos malos, cuando no quede mas nada, esa utilidad sea suficiente para mantenerte en pie.
Igualmente, te deseo que seas tolerante; no con los que se equivocan poco, porque eso es fácil, sino con los que se equivocan mucho e irremediablemente, y que haciendo buen uso de esa tolerancia, sirvas de ejemplo a otros.
Te deseo que siendo joven no madures demasiado de prisa, y que ya maduro, no insistas en rejuvenecer, y que siendo viejo no te dediques al desespero.
Porque cada edad tiene su placer y su dolor y es necesario dejar que fluyan entre nosotros.
Te deseo de paso que seas triste.
No todo el año, sino apenas un día.
Pero que en ese día descubras que la risa diaria es buena, que la risa habitual es sosa y la risa constante es malsana.
Te deseo que descubras, con urgencia máxima, por encima y a pesar de todo, que existen, y que te rodean, seres oprimidos, tratados con injusticia y personas infelices.
Te deseo que acaricies un gato, alimentes a un pájaro y oigas a un jilguero erguir triunfante su canto matinal, porque de esta manera, te sentirás bien por nada.
Deseo también que plantes una semilla, por mas minúscula que sea, y la acompañes en su crecimiento, para que descubras de cuántas vidas está hecho un árbol.
Te deseo, además, que tengas dinero, porque es necesario ser práctico.
Y que por lo menos una vez por año pongas algo de ese dinero frente a tí y digas:
"Esto es mío", sólo para que quede claro quién es el dueño de quien.
Te deseo también que ninguno de tus afectos muera, pero que si muere alguno, puedas llorar sin lamentarte y sufrir sin sentirte culpable.
Te deseo por fin que, siendo hombre, tengas una buena mujer, y que siendo mujer, tengas un buen hombre, mañana y al día siguiente, y que cuando estén exhaustos y sonrientes, hablen sobre amor para recomenzar.
Si todas estas cosas llegaran a pasar, no tengo mas nada que desearte."

POEMA DE VICTOR HUGO (siglo XIX)

EL TREN DE LA VIDA


La vida no es más que un viaje por tren repleto de embarques y desembarques,
salpicado de accidentes, sorpresas agradables, en algunos embarques, y ... profundas tristezas en otros.
Al nacer, nos subimos al tren y nos encontramos con algunas personas las cuales creemos que
siempre estarán con nosotros en este viaje: nuestros padres.
Lamentablemente la verdad es otra. Ellos se bajarán en alguna estación dejándonos huérfanos
de su cariño, amistad y su compañía irreemplazable.
No obstante, esto no impide a que se suban otras personas que nos serán muy especiales.
Llegan nuestros hermanos, nuestros amigos y nuestros maravillosos amores.
De las personas que toman este tren, habrá los que lo hagan como un simple paseo, otros que encontrarán solamente tristeza en el viaje, y habrá otros que, circulando por el tren, estarán siempre listos en ayudar quien lo necesite.
Muchos al bajar, dejan una añoranza permanente;otros pasan tan desapercibidos que ni siquiera nos damos cuenta que desocuparon el asiento.
Es curioso constatar que algunos pasajeros, quienes nos son más queridos, se acomodan en vagones distintos al nuestro.
Por lo tanto, se nos obliga hacer el trayecto separados de ellos.
Desde luego, no se nos impide que durante el viaje, recorramos con dificultad nuestro vagón y lleguemos a ellos... pero lamentablemente, ya no podremos sentarnos a su lado pues habrá otra persona ocupando el asiento.

No importa; el viaje se hace de este modo; lleno de desafíos, sueños, fantasías, esperas y despedidas... pero jamás regresos.
Entonces, hagamos este viaje de la mejor manera posible. Tratemos de relacionarnos bien
con todos los pasajeros, buscando en cada uno, lo que tengan de mejor.
Recordemos siempre que en algún momento del trayecto, ellos podrán titubear y probablemente precisaremos entenderlos ya que nosotros también muchas veces titubearemos, y habrá alguien que nos comprenda.
El gran misterio, al fin, es que no sabremos jamás en qué estación bajaremos, mucho menos dónde bajarán nuestros compañeros, ni siquiera el que está sentado en el asiento de al lado.
Me quedo pensando si cuando baje del tren, sentiré nostalgia...
Creo que sí.
Separarme de algunos amigos de los que me hice en el viaje será doloroso.
Dejar que mis hijos sigan solitos, será muy triste. Pero me aferro a la esperanza de que, en algún momento, llegaré a la estación principal y tendré la gran emoción de verlos llegar con un equipaje que no tenían cuando embarcaron.
Lo que me hará feliz, será pensar que colaboré con que el equipaje creciera y se hiciera valioso.
Amigos, hagamos que nuestra estancia en este tren sea tranquila, que haya valido la pena.
Hagamos tanto, para que cuando llegue el momento de desembarcar, nuestro asiento vacío,
deje añoranza y lindos recuerdos a los que en el viaje permanezcan.

DE INTERNET

DAROCA, ZARAGOZA

PUERTA BAJA
A 83 km. de Zaragoza. Llamada la ciudad de los siete sietes por la variedad de maravillosos monumentos que en ella descansan. En esta villa se puede contemplar el paso de la cultura árabe en una gran muralla que rodea Daroca de 3 km. de perímetro, con un centenar de torres desde las que por entonces se vigilaba la ciudad. Forma un ingente conjunto fortificado, rodeado de murallas construidas entre los s. XIII y XVI, conservadas prácticamente en su integridad. Destacan en ellas dos puertas defensivas: La puerta Baja, remodelada en el s. XVI con dos torreones cuadrangulares, y la puerta Alta, transformada en el s. XVII, que se situan en las dos entradas principales de la ciudad, además de contar con otras, como la de Valencia o la mudéjar de San Martín de la Parra.
POSTIGO O PUERTA DEL ARRABAL

FUENTE DE LOS 20 CAÑOS

PASEO
PUERTA BAJA, DESDE DENTRO
SANTA MARÍA DE LOS CORPORALES
También conocida por el nombre de Nuestra Señora de los Corporales. Fue basílica colegial desde el siglo XIV pero la iglesia actual es de finales del siglo XV, de estilo renacentista, pero con tradición gótica. Tiene planta de salón con tres naves y capillas entre los contrafuertes. El coro y el órgano pertenecen a la antigua iglesia y son obra del siglo XV. Este órgano está considerado como uno de los mejores de España.
Entre las capillas de la iglesia se destaca la de los Corporales, que corresponde a la antigua cabecera de la iglesia románica. Es una construcción del siglo XV de tipo franco-flamenco muy poco frecuente en España donde deben ser destacados los relieves que narran la historia del milagro de los Corporales.
Esta iglesia actual se hiza sobre la antigua iglesia románica dándole distinta orientación.
La torre, construida en piedra sillar, es obra del siglo XV y enfunda otra anterior mudejar de los siglos XIII y XIV.


MURALLAS DEL CASTILLO
En Daroca había tres castillos: El Mayor, el de la Judería y el de San Cristóbal (o Torre del Andador). Las extensas ruinas del castillo Mayor casi se confunden con el erosionado cerro que domina la Colegiata. De planta oval, de unos 80 x 30 m, su elemento más destacado es una torre rectangular de argamasa y mampostería y un arco apuntado. Del castillo de San Cristóbal, de los s. XIII - XIV queda la llamada Tore del Andador. El castillo de la Judería está también en ruinas. Entre los edificios civiles destaca la casa de los Luna, del s. XV, todo el barrio de la judería, con un conjunto de edificios de los s. XVI y XVII (renacentistas y barrocos).

TORREON, arriba en el castillo
Entrada al nevero del siglo XVI

Interior del nevero










EL MONASTERIO DE PIEDRA, ZARAGOZA


Actualmente convertido en hotel, conjunto monasterial del Siglo XII.



Claustro.


Escondido entre las abruptas sierras del Sistema Ibérico, situado en el término municipal de Nuévalos, provincia de Zaragoza, el Hotel Monasterio de Piedra se ubica en el antiguo conjunto monasterial del siglo XII. Su perfecto equilibrio entre la estética, la comodidad y la historia, lo convierten en un lugar único dónde hospedarse.
Su situación para llegar es inmejorable: a unos 20 Km. de la autovía A-2 Madrid-Barcelona (salida Alhama de Aragón Km. 204) y a unos 25 Km. de la misma autovía Barcelona-Madrid (salida Calatayud Km. 231).


Celdas, convertidas ahora en habitaciones de lujo



El Monasterio era una fortaleza de defensa de los musulmanes y en tiempos de la Reconquista (1194) Alfonso II de Aragón cedió el castillo y todas las tierras que lo rodeaban a la Orden del Cister.Doce monjes y un Abad procedentes de la Abadía de Poblet, Tarragona, se trasladan a estas tierras aragonesas para consolidar la fe cristiana. La casa madre de Piedra por tanto es el Monasterio de Poblet.Tardaron 23 años en construir el Monasterio (1195 – 1218), es muy poco tiempo si nos fijamos las dimensiones que éste tiene, tenemos que pensar que no hizo falta ir a buscar la piedra ni pulirla, todo lo tomaron de la muralla y el castillo de los árabes. Junto con los monjes, Alfonso II llamó a gentes de Cataluña, Navarra, Valencia.... ya convertidas al cristianismo para repoblar la zona y serán quiénes construyan el monasterio dirigidos por los monjes.La construcción del monasterio se realiza en los años de transición del Románico al Gótico. Característica arquitectura de la Orden es la que aparece: Gótico Cisterciense, arquitectura sobria, austera, sencilla y luminosa.La distribución del monasterio es similar a la de otros monasterios Cistercienses: al norte, la iglesia, y su galería de claustro : la panda del mandatum; al oeste las bodegas y cilleros, la panda del trabajo; al sur la cocina, el refectorio y el calefactorio , con la panda del servicio; y al este la sala capitular, la panda del capítulo. Esta distribución construida aprovechaba al máximo la luz solar.Los monjes vivieron en este monasterio casi 700 años desde 1195 a 1835. En estos 700 años tuvieron que abandonar el Monasterio en tres ocasiones: la primera vez que dejan el Monasterio es en 1808 con la guerra de la Independencia, el Monasterio es ocupado por el ejército francés. La segunda es en 1820-1823 durante el trienio liberal y definitivamente en 1835 con la desamortización de Mendizábal.Por lo tanto en el monasterio no hay monjes desde 1835 con la Desamortización de Mendizábal. Mendizábal fue un valido de Isabel II (lo que hoy en día llamaríamos un Ministro de Hacienda) expropió todas las tierras a las ordenes contemplativas y las vendió en subastas públicas. El Estado necesitaba dinero ya que habían perdido las colonias en América y acababa de terminar la 1ª guerra Carlista en España.En 1.840 fue comprado en subasta pública por D. Pablo Muntadas Campeny y pasa a ser propiedad privada.


Antigua abadía

La Iglesia es el centro neurálgico de los monasterios. En el monasterio cisterciense era habitual que la iglesia no estuviera abierta para el culto, sino reservada a los monjes, novicios, conversos y otros encargados de realizar tareas. La iglesia no tiene bóveda, esta se derrumbó al quedarse el Monasterio abandonado después de la desamortización. En su construcción fue una bóveda octopartita, típica construcción de los monasterios castellanos. Esta formada por tres naves longitudinales y dos transversales, en forma de cruz latina. Un amplio trasepto y cabecera con capillas. Tiene grandes dimensiones mostrando el gran poder que tuvieron estos monjes durante los siglos XIV y XV


En los últimos años, del año 1808 al año 1835, con los avatares que tuvo el monasterio sufrió constantes saqueos y destrozos. El Monasterio fue abandonado en tres ocasiones: la primera fue en 1808 con la guerra de la Independencia, la segunda en 1823 con la primera guerra Carlista y definitivamente en 1835 con la Desamortización de Mendizábal.


Y ahora... su PARQUE NATURAL


Un paisaje exótico que tiñe de verde ambientes y rincones, sintiendo el rumor de tumultuosas aguas y cascadas, la Piedra, inamovible, se torna magnífica, segura y acogedora en el reposo del visitante.


Escondido entre las abruptas sierras del Sistema Ibérico, situado en el término municipal de Nuévalos, en la provincia de Zaragoza, el parque natural del Monasterio de Piedra nos ofrece una de las experiencias más gratificantes que se pueden encontrar en el mundo, en un recorrido de dos horas y media por un vergel insólito en torno al agua y su movimiento en cascadas y grutas.







Descansando

Un lugar donde puedes pasar todo el día.

Se puede comer fuera del recinto, en merenderos acondicionados para ello, y si eres mas sibarita en el hotel. Y ¿como no? puedes comprar recuerdos y regalos en su tienda de souvenirs.

Dentro del recinto hay exhibición de aves rapaces.

Y por último visitar el museo del vino.














3 de mayo de 2008

CONDESA, DOÑA EMILIA PARDO BAZAN

La Condesa, Dña. Emilia Pardo Bazán
(La Coruña, 16 Septiembre 1851- Madrid, 12 Mayo 1921)

Pazo de Meiras. Expoliado por la familia Franco

Pazo Pardo Bazán

Monumento a Dña. Emilia

Emilia Pardo Bazán, una de las primeras feministas nacionales

Emilia Pardo Bazán nació el 16 de septiembre de 1851 en La Coruña , una de las ciudades principales de Galicia, España.
Su padre, Don José Pardo Bazán, era una figura política. Estimulaba la lectura y los estudios en su hija unigénita, Emilia.
Su madre, Amalia de la Rúa le enseñó a leer y más tarde le ayudaría a liberarse de muchas tareas domésticas para que Emilia pudiera dedicar más tiempo a la lectura y la escritura.
Poco después del nacimiento de Emilia la familia se mudó a una casa en un barrio aristocrático y tranquilo en la Calle de las Tabernas.
Poseían otras dos residencias, una cerca de Sangenjo, un pueblo de pescadores, y la otra en las afueras de La Coruña, el Pazo de Meirás.

Pazo de Meirás, que fue residencia de los Pardo Bazán también lo fue como buena parte del verano del dictador Francisco Franco.

La biblioteca de su padre le proporcionaban el acceso a una gran variedad de lecturas. En la casa de Sangenjo encontró Don Quijote y la Biblia. En la casa de La Coruña leyó La conquista de México de Solís y Varones ilustres de Plutarco. Los libros sobre la revolución francesa le fascinaban y sus preferidos eran Don Quijote, la Biblia y la Ilíada.

A los nueve años Emilia Pardo Bazán comienza a demostrar interés en la escritura. Ella misma recuerda, "Mi primer recuerdo literario se remonta a una fecha histórica señalada y ya distante: la terminación de la guerra de Africa, acontecimiento al cual rendí las primicias de mi musa....Y viendo que no me hacían caso ninguno, ni tenía con quién desahogar mi entusiasmo, me refugién en mi habitación y garrapateé mis primeros versos, que barrunto debía de ser unas quintillas." Como adolescente escribió más versos y los publicó en el Almanaque de Soto Freire.

Cuando la familia iba a Madrid durante los inviernos Emilia asistía a un colegio francés protegido por la Real Casa, donde fue introducida a la obra literaria de La Fontaine y Racine.

A los doce años la familia decide quedarse en La Coruña durante los inviernos y allí estudia Emilia con instructores privados. Se sale del ritual de la educación femenina al negarse a tocar el piano y a tomar clases de música. Dedica todo el tiempo posible a su verdadera pasión, la lectura.

En 1868, año de la Gloriosa revolución, ( revolución que acabaría con el reinado de Isabel II), contrae matrimonio a los diez y siete años con José Quiroga. Vivieron en Santiago durante el invierno del '68 y '69; Emilia ayudaba a su marido con sus estudios de derecho.

Cuando el padre de Emilia es nombrado Diputado de Cortes toda la familia se traslada a Madrid, incluso el joven matrimonio. En Madrid asisten a conciertos y a fiestas populares y Emilia llega a conocer la ciudad y el ambiente madrileño.

Tras la entrada de Amadeo de Saboya y la guerra carlista, José Pardo Bazán se desilusionó con la política y toda la familia se marchó a Francia. Viajaron por Europa-Inglaterra, Italia, Alemania... donde Emilia aprende inglés y alemán. Además descubre la literatura francesa que dejará un gran impacto en ella. Su iniciación en el mundo literario comienza en 1876 al ganar el primer premio por el Estudio crítico de Feijoo, competencia en la que también participó Concepción Arenal.

Este mismo año dio a luz a su primer hijo, a quien le dedica un libro de poemas bajo su propio nombre, Jaime que resultaría ser su único libro de poesía. Escribió su primera novela, Pascual López, el año en que nació su segundo hijo, Blanca.

Una dolencia hepática en 1880 obligó a la escritora a pasar algún tiempo en Vichy. Durante este período descubre el naturalismo de Zola conoce personalmente a Hugo, y empieza a interesarse en esta nueva tendencia literaria. En el periódico madrileño "La época" publica "Un viaje de novios" que era un relato novelesco de sus propias memorias del viaje a Vichy.

Su última hija, Carmen, nace en 1881.
En el periódico madrileño mencionado publica unos artículos que explican el movimiento literario del naturalismo.

Su propósito era la siguiente: "Mi objeto era decir algo, en forma clara y amena, sobre el realismo y el naturalismo, cosas de que se hablaba mucho, pero con ligereza y sin que nadie hubiese tratado el asunto de propósito...Siempre me sorprenderá el extraordinario dinamismo de aquel librejo tratando al correr de la pluma, en que lo único calculado es la impremeditación y espontaneidad, que procuré para quitarle todo sabor didáctico."

La publicación de La cuestión palpitante creó un gran escándalo y su marido horrorizado por la situación le exigió a Emilia que cesara de escribir y que se retractase públicamente de sus escritos.
A consecuencia de estos problemas matrimoniales Emilia decide separarse de su marido dos años más tarde, en 1884. En este año publicó La ama joven, que trata acerca de crisis matrimoniales.

Su terca novela, La Tribuna, publicada en 1882 es considerada como su primera obra naturalista. En esta obra Pardo Bazán estudia el ambiente y los tipos de la cigarreras en la fábrica de tabacos en La Coruña.

En 1886 conoció a Zola y en ese viaje a Francia descubrió la moderna novela rusa. Esas lecturas le impulsan a presentar en el Ateneo de Madrid un trabajo sobre La revolución y la novela en Rusia, en 1887.

Continúa escribiendo ferozmente y en los años '86 y '87 produjo Los pazos de Ulloa y La madre naturaleza.

En 1890 muere el padre de pardo Bazán y aprovecha la herencia para crear una revista escrita por ella sola, El Nuevo Teatro Crítico. Asiste a congresos como el Congreso Pedagógico en donde denuncia la desigualdad educativa entre el hombre y la mujer.
Aún consciente del sexismo dentro de los círculos intelectuales propone a Concepción Arenal a la Academia Real de la Lengua, pero es rechazada. La Academia tampoco aceptaría a Gertrudis Gómez de la Avellaneda ni a ella.

Sin embargo, en 1906 llegó a ser la primera mujer en presidir la Sección de literatura del Ateneo de Madrid y la primera en ocupar una cátedra de literatura en la Universidad Central de Madrid, aunque solo asistió un estudiante a clase.

Muere Emilia Pardo Bazán en 1921 en Madrid.
Sacado de internet




2 de mayo de 2008

EL ÁRBOL ROSA. De Emilia Pardo Bazán

El árbol rosa
Emilia Pardo Bazán

A la pareja, que furtivamente se veía en el Retiro, les servía el árbol rosa de punto de cita. «Ya sabes, en el árbol...»
Hubiesen podido encontrarse en cualquiera otra parte que no fuese aquel ramillete florido resaltando sobre el fondo verde del arbolado restante con viva nota de color. Sólo que el árbol rosa tenía un encanto de juventud y les parecía a ellos el blasón de aquel cariño nacido en la calle y que cada día los subyugaba con mayor fuerza.
Él, mozo de veinticinco, había venido a Madrid a negocios, según decía, y a los dos días de su llegada, ante un escaparate de joyero, cruzó la primera mirada significativa con Milagros Alcocer, que, después de oída misa en San José, daba su paseíllo de las mañanas, curioseando las tiendas y oyendo a su paso simplezas, como las oye toda muchacha no mal parecida que azota las calles. El que la mañana aquella dio en seguir a Milagros a cierta distancia, y al verla detenerse ante el escaparate se detuvo también en la acera, nada le dijo. Mudo y reconcentrado, la miró ardientemente, con una especie de fuerza magnética en los negros ojos pestañudos. Y cuando ella emprendió el camino de su casa, él echó detrás, como si hiciese la cosa más natural del mundo, y hasta emparejó con ella, murmurando:

-No se asuste... Sentiría molestar... ¿Por qué no se para un momento, y hablaríamos?

Ella apretó el paso, y no hubo más aquel día. Al otro, desde el momento en que Milagros puso el pie en la calle, vio a su perseguidor, sonriente, y vestido con más esmero y pulcritud que la víspera. Se acercó sin cortedad, y como si estuviese seguro de su aquiescencia, la acompañó. Milagros sentía un aturdido entorpecimiento de la voluntad: sin embargo, recobró cierta lucidez, y murmuró bajo y con angustia:

-Haga usted el favor de no venir a mi lado. Puede vernos mi padre, mi hermano, una amiga. Sería un conflicto. ¡No lo quiero ni pensar!

-Pues ¿dónde la espero? ¿Diga? ¿Dónde?

Ella titubeó. Estuvo a pique de contestar: «En ninguna parte.» El corazón le saltaba. Al fin se resolvió, y susurró bajo, con ansiedad:

-En el Retiro... A mano izquierda, hay un árbol todo color de rosa..., todo, todo... Como un ramillete... Allí...

Y echó a andar, casi corriendo, hacia la calle de Alcalá. Él, discretamente, se quedó rezagado; al fin tomó la misma dirección.
Cuando llegó al árbol no vio, al pronto, a la mujer. No tardó en aparecerse: se había alzado de un banco, y venía sofocada por la emoción.
Se explicaron en minutos, con precipitada alegría. Él la había querido al mismo punto de verla. Ella, por su parte, no sabía lo que le había pasado; pero comprendía ahora que le había pasado dos cuartos de lo mismo. ¡Cosa rarísima! Ella jamás soñó en novio, jamás se le importó por nadie...
Su padre era empleado; su madre había muerto, y ella disfrutaba de bastante libertad; pero no hacía jamás de esa libertad uso para ningún enredo, y por primera vez tendría que ocultar en su casa algo.
Él, apasionadamente, la tranquilizó. ¿Qué hacía de malo, vamos a ver? Seguía los impulsos de su corazón, y eso es la cosa más natural del mundo. Hombres y mujeres han de atraerse mutuamente por ley ineludible, y eso es lo más hermoso de la vida. ¡Buenos estaríamos si no existiese el amor! ¡Cómo sería este parque si le faltase su árbol rosa!
Hablaba con persuasión y energía, y de un modo pintoresco, como quien conoce la vida o pretende dominarla, y estrechaba las manos de Milagros, comunicándole el calor y el deseo de las suyas.
La señorita advertía la sensación del que resbala en una pendiente húmeda que conduce a un pozo profundo. La razón, casi extinguida, lanzaba, sin embargo, alguna chispa de luz. ¿Quién era aquel sujeto que así se apoderaba de ella? ¿De dónde procedía, en qué se ocupaba; era, por lo menos, un hombre bueno, honrado?
Cuando descubrieron un banco en un solitario rincón, Milagros abrumó a preguntas al acompañante, sin reflexionar cuán fácil era decir una cosa por otra. El tono en que respondía al interrogatorio le pareció, no obstante, sincero. Confesó su pasado; nombre, Raimundo Corts: humilde obrero al principio, después, por su fuerza de voluntad y sus conocimientos, encargado de una fábrica de tejidos en Lérida; ¡mucho trabajo, no poca ganancia! «Sin embargo -advirtió-, si quisiese comprarle a usted- no habían empezado aún a tutearse -una de esas joyas que miraba ayer en el escaparate no podría. Y hay gente que sin trabajar puede regalar joyas, como esa, o mejores. Injusticias, ¿no l'sembla?»
No estaba ella, ciertamente, para perderse en disquisiciones sociológicas; y hablaron de su ternura naciente, y convinieron en verse todos los días, sin falta, en el árbol rosa. A sitios más ocultos y menos poéticos hubiese deseado él decidirla a ir; pero Milagros no sabía ella misma que fuese tan capaz de resistir al impulso. «No -repetía-. Eso no. Aquí me parece que no hago nada censurable. En otra parte... no. Eso no me lo pidas.»
La chispa que cruzaba por las pupilas del muchacho era expresiva; para quien conociese el lenguaje del alma al través de los ojos, decía a voces: «Tú transigirás, tú no tendrás remedio; me quieres demasiado para negarte mucho tiempo ya.» A la vez, en la mente de ella, había otro cálculo; porque el amor también calcula, como si fuese logrero o comerciante: «¿En qué ha de parar un amor como el mío, sino en boda? Nos uniremos, nos iremos a Lérida, viviremos felices. Pero hay que dar tiempo al tiempo..., y procurar que no se tuerza este carro. Si procediese con ligereza, él mismo dejaría de estimarme.» Su honradez de burguesa la amparaba, y el ataque y la defensa continuaban bajo la sombra amiga del rosado árbol, todo él una llama dulce, bajo la caricia clara del sol de primavera.
Un día, con extrañeza al pronto -las cosas más usuales nos sorprenden, como si no las esperásemos-, notó Milagros que el árbol rosa se descoloraba un poco. Sus florecillas se desprendían y empezaban a alfombrar el suelo. Tan sencillo suceso la oprimió el corazón, como pudiera hacerlo una gran desgracia. Instintivamente, la suerte de su amor le parecía ligada a la del árbol.
Confirmando la supersticiosa aprensión, aquel día mismo Raimundo se presentó mohíno y fosco, como el que tiene que decir algo triste y rehuye la confesión de la verdad. En vez de explicar las causas de su abatimiento, insistió en la acostumbrada porfía. ¿No iban a verse nunca, nunca, en sitio más seguro y libre? ¿No era absurdo que no conociesen más asilo que aquel árbol, como si Madrid no fuese una gran ciudad y no se pudiese en ella vivir a gusto? Se negaba porque no le quería; se negaba porque era una estatua de yeso... Entonces la señorita pareció recobrar valor, decidirse. Se negaba porque siempre entendió que entre ellos se trataba de otra cosa; de algo digno, de algo serio. ¿No lo creía él también? ¿O había querido solamente distraerse, entretener unos días de viaje? Bajaba él la cabeza y fruncía el ceño; su cara se volvía dura, y surcaba su frente juvenil, de lisa piel, una arruga violenta. Al fin rompió en pocas y embarazosas palabras. Sí, sin duda... Ella decía muy bien... sólo que no eran cosas del momento. Eran para muy pensadas, para realizarlas sin precipitación.
Él tenía pendientes asuntos de suma importancia, cosas graves, que de la noche a la mañana no podía abandonar, y que ignoraba él mismo hasta dónde le llevarían. ¿Quién sabe si tendría que emigrar, que pasar al extranjero? Él no era como esos señores que no se mueven de una oficina. Su vida, agitada, podría dar asunto a una novela... Por eso debían disfrutar del momento feliz, debían reunirse donde nadie les pudiese tasar la dicha...

-¿No?

-¡No! Eso nunca... ¡Nunca, Mundo de mi alma!...

Él, cabizbajo, pálido, no replicó. Cogió una diminuta rama del árbol rosa y la guardó en el bolsillo del chaleco. Al despedirse se citaron para el día siguiente. «A la misma hora, ¿eh?»
Por el correo interior recibió aquella noche Milagros una carta sucinta. Mundo tenía que irse; le avisaban, por medio de un telegrama, de que urgía su presencia. Ya daría noticias. Y no las dio. La señorita esperó, en balde, otra carta. Lloró bastante, hubo jaquecas y nervios; pero experimentaba la impresión de haber evitado algún terrible peligro. ¿Cuál? No lo podía definir. ¿No la quería aquel hombre? ¿Con qué objeto fingía? ¿Quién era? Con suma habilidad, por medio de una amiga, logró informarse en Lérida, y resultó que allí nadie conocía a tal Raimundo Corts.
Cansada de sentir y de añorar, de hacer calendarios y de esperar bajo el árbol rosa, ya sin flor, donde acaso él volvería a aparecer, fue consolándose, y a veces creía haber soñado su idilio.
Algún tiempo después se casó con un tío suyo, que venía de Cuba «con plata».
Al pasearse por el Retiro en primavera, con un niñito de la mano, miró hacia el árbol rosa. Estaba todo iluminado, todo trémulo de floración. Una brisa muy suave lo mecía.

AIRE. De Emilia Pardo Bazán

Aire
Emilia Pardo Bazán

Tenemos otra loca; pero ésa, interesante -díjome el director del manicomio, después de la descorazonadora visita al departamento de mujeres.
-Otra loca que forma el más perfecto contraste con las infelices que acabamos de ver, y que se agarran al gabán de los visitantes, con risa cínica... Y figúrese usted que esta loca está enamorada...; pero enamorada hasta el delirio. No habla más que de su novio, el cual, por señas, desde que la pobrecilla ha sido recluida aquí, no vino a verla ni una vez sola... Si yo creo que esta muchacha, suprimido el amor, estaría completamente cuerda. Verdad que lo mismo les pasa a muchos mortales. La pasión es quizá una forma transitoria de la alienación mental, desde que nos hemos civilizado...
-No -contesté-. En la Antigüedad precisamente es donde se encuentran los casos característicos de pasión: Fedra, Mirra, Hero y Leandro...

-¡Ah! Es que ya entonces estaba civilizada la especie. Yo me refiero a épocas primitivas.

-Sabe Dios -objeté- lo que pasaba en esas épocas, de las cuales no nos han quedado testimonios ni documentos. Lo indudable es que el sufrir tanto por cuestión de amor es uno de los tristes privilegios de la Humanidad, signo de nobleza y castigo a la vez... ¿Se puede ver a esa muchacha?

-Vamos; pero antes pondré a usted en algunos antecedentes... Ésta es una joven bien educada, hija de un empleado, que se quedó huérfana de padre y madre y tuvo que trabajar para comer. Se llama, deje usted que me acuerde, Cecilia, Cecilia Bohorques. Quiso dar lecciones de piano, pero no era lo que se dice una profesora, y por ese camino no consiguió nada. Pretendió acompañar señoritas, y le contestaron en todas partes que preferían francesas o inglesas, con las cuales se aprende... ¡sabe Dios qué! Entonces, la chica se decidió a coser por las casas, y en esta forma ya encontró medio de vivir: dicen que tiene habilidad y gracia para la cuestión de trapos... Se la disputaban y la traían en palma sus clientes. De su conducta todo el mundo se deshacía en alabanzas.
Entonces la salió un novio, el hijo del médico Gandea, muchacho guapo, algo perdido. Amoríos, vehementes, una novela en acción. Según parece, el muchacho quería llevar la novela a su último capítulo, y ella se defendía, defensa que tiene mucho mérito, porque, repito, y los hechos lo han demostrado, que se encontraba absolutamente bajo el imperio de la más férvida ilusión amorosa. Una de las señales que caracterizan el poderío de esta ilusión es el efecto extraordinario, absolutamente fuera de toda relación con su causa, que produce una palabra o una frase del ser querido. Dijérase que es como palabra del Evangelio, que se graba indeleblemente en los senos mentales, y de la cual se deriva, a veces, todo el contenido de una existencia humana ¡Extraño dominio psíquico el que otorga la pasión!
El novio de Cecilia, al final de las escenas en que él solicitaba lo que ella negaba dominando todo el torrente de su voluntad rendida, solía exclamar en tono despreciativo:

-¡Tú no eres nadie; eres más fría que el aire!

Con su asonamiento y todo, la frasecilla acusadora se clavó como bala bien dirigida dentro del espíritu de la muchacha, y allí quedó, engendrando un convencimiento profundo... Ella era, seguramente, aire no más... Lo repetía a todas horas -y ésta fue la primera señal que dio de su trastorno-. Como que no hizo otra cosa de raro, ni menos de inconveniente. Con el mismo aspecto de pudor y de reserva que va usted a verla ahora, siguió presentándose en las casas de las señoras para quienes trabajaba, y de estas señoras ha partido la idea de traerla aquí, a fin de que yo intente su curación. Se interesan por ella muchísimo.

-¿Y usted espera que cure?

-No -respondió el médico en tono decisivo y melancólico-. La experiencia me ha demostrado que estas locuras de agua mansa, sin arrebatos, sonrientes, dulces, apacibles en apariencia, son las que agarran y no se van. No temo a las brutales locuras de la sangre, sino a las poéticas, las refinadas, las delicadas, las finas... Yo les he puesto, allá en mi nomenclatura interna, este nombre: «locuras del aire»...

-¡Como la de Ofelia! -respondí.

-Como la de Ofelia, justamente... Aquel gran médico alienista que se llamó -o no se llamó- Guillermo Shakespeare, conocía maravillosamente el diagnóstico y el pronóstico...

Después de estas palabras de mal agüero, el médico me guió a la celda de la «loca del aire». Estaba muy limpio el cuartito, y Cecilia, sentada en una silleta baja, miraba al través de la reja, con ansia infinita, el espacio azul del cielo y el espacio verde del jardín. Apenas volvió la cabeza al saludarle nosotros. Era la demente una muchacha delgadita y pálida; sus facciones aniñadas, menudas, serían bonitas si las animasen la alegría y la salud; pero es cierto que hay muy pocas locas hermosas, y Cecilia no lo era sino por la expresión realmente divina de sus grandes ojos negros cercados de livor azul y enrojecidos por el llanto cuando respondió a nuestras preguntas:

-¡Va a venir, va a venir a verme de un momento a otro! ¡Me quiere a perder, y yo..., vamos, no sé decir lo que le quiero! Lo malo es que, acaso, al tiempo de venir, ya no me encontrará... Porque yo, aquí donde ustedes me ven, no soy nada, no soy nadie... ¡Soy más fría que el aire! Como que soy eso, aire... No tengo cuerpo, señores... ¡Y como no tengo cuerpo, no he podido obedecerle con el cuerpo ¿Se puede obedecer con lo que uno no tiene? ¿Verdad que no? Yo soy aire tan solamente. ¿No me creen? Si no fuese esa reja, verían cómo es verdad que soy aire... Y el día que quiera, a pesar de la reja, se convencerán de que aire soy. ¡Y nada más que aire! Él me lo dijo..., y él dice siempre la verdad. ¿Saben ustedes cuándo me lo dijo la primera vez? Una tarde que fuimos de paseo a orillas del río, a las Delicias... ¡Qué bien olía el campo! Él me quería estrechar, y como soy aire, no pudo. ¡Y claro! ¡Se convenció!... ¡Soy aire, aire solamente!

Comentó estas declaraciones una carcajada súbita, infantil. Salimos de la celda previo ofrecimiento de avisar al novio, si le encontrábamos, de que su amiga le esperaba con impaciencia.
Y fue una semana después, a lo sumo, cuando leí la noticia en los periódicos. Llevaba este epígrafe: «Suceso novelesco...». ¡Novelesco! Vital, querrían decir: porque la vida es la grande y eterna noveladora.

Aprovechando quizá un descuido de los encargados de su custodia, presa de un vértigo y aferrada a la idea de que era «aire», Cecilia trepó hasta la azotea de uno de los pabellones, se puso en pie en el alero y, exhalando un grito de placer (realizaba al fin su dicha), se arrojó al espacio.

Cayó sobre un montón de arena, desde una altura de veinte metros. Quedó inmóvil, amodorrada por la conmoción cerebral. Aún alentó y vivió angustiosamente dos días. El conocimiento no lo recobró.

Su última sensación fue la de beber el aire, de confundirse con él y de absorber en él el filtro de la muerte, que cura el amor.